Quiero hacer una lista de las cosas que no son arañas.
Y una noche, cuando vea esa cosa oscura que se mueve como alambres, voy a buscarla en la lista.
Las cosas que no son arañas
Hay que contarlos
Hay que contarlos con los dedos de los pies. Hay que tocarlos con la punta de los cabellos. Hay que soñarlos después de las cinco de la mañana. Hay que creerlos dos veces por día. Hay que llevarlos en un bolsillo interno. Hay que mostrarlos con respeto. Hay que seguirlos sin que se den cuenta. Hay que apostarlos cuando quedan pocas chances. Hay que mentirles siempre.
El Caballero de la Paz
El Caballero de la Paz sólo aparece en dos escenas del libro. La primera lo muestra en un centro comercial, cargando contra la pared de televisores de una casa de electrodomésticos, todos sintonizados en un canal que pasa noticias de la guerra. En la segunda se descubre que el Caballero de la Paz, en realidad, es ciego.
José
—Es tarde —dijo José.
—¿Para qué? —preguntó José.
—Para muchas cosas —contestó José—. Para salir, por ejemplo.
—¿Y qué más? —insistió José.
—Para cocinar algo rico —contestó José.
—¿Y qué más? —siguió preguntando José.
—Para conseguir novia —contestó José.
—¿Y qué más? —volvió a preguntar José.
—Para ver mi programa favorito —contestó José.
—¿Y qué más? —volvió a insistir José.
—Para hacer lo que me gustaba cuando era joven —contestó José.
—Pero hay algo para lo que nunca es tarde —dijo entonces José.
—¿Para qué? —preguntó José.
—Para dejar de hacer preguntas —contestó José.
Y con esto José se fue a la cama.
La flecha
Hay una flecha clavada en la torre de madera, arriba, cerca de la ventana del último piso. Un pájaro la estudia como posible soporte, pero se queda en el árbol. La torre se inclina hacia este lado. Algo duele, como siempre, pero no es la flecha.
Esperando que me atiendan
Estoy esperando que me atiendan, sentado en el sillón verde oscuro, frente a la mesita donde se apilan los folletos. A mi derecha hay una ventana alta, por la que sólo veo una pared con otra ventana igual a la mía, que sin duda pertenece a la oficina de al lado. Me acomodo en el borde del asiento y me echo hacia atrás, hasta apoyar en el respaldo los hombros y la cabeza. Dejo caer el brazo izquierdo por fuera del apoyabrazos, hasta que los dedos rozan la parte inferior del sillón y entran en el hueco que dejan las patas. Ahí encuentro un material blando y rugoso, fácil de atrapar con los dedos. Tiro y se desgarra, sin ruido. Tiro un poco más, arranco un pedazo y no me atrevo a mirarlo. Con un giro de la mano lo arrojo hacia atrás, donde tal vez nadie lo vea. Arranco otro pedazo. Ahora encuentro una especie de algodón basto, un relleno hecho de fibras suaves y ásperas a la vez, según por donde las toque. También es fácil de arrancar, aunque tiende a quedarse pegado a los dedos. Sale un trozo, sale otro, y sigo tirando todo hacia atrás, mientras miro por la ventana esa otra ventana por la que ahora se asoma alguien, me saluda con un movimiento de cabeza y vuelve a meterse adentro sin darme tiempo a responder. No hay caso. No me atienden. Tendré que hacer algo al respecto.
El pueblo está preocupado
El pueblo está preocupado por la falta de frío, el árbol que se seca, los perros sin patas, la mezcla de nubes que tuvimos ayer, el color de los zapallos, la humedad que sale por las paredes de la iglesia, el celofán, la malaria, el molino de viento, la suba del alquiler, la velocidad de los gansos salvajes que han venido de otro continente, el sombrero del alcalde, las faldas de la hija del panadero, el camino que lleva al cerro, la piedra amarilla, las orejas del caballo blanco, el aljibe y las sombras chinescas.
El libro que me prestaste
Te devuelvo el libro que me prestaste, con el valor agregado de las horas de insomnio, la mancha de chocolate en la página 147, la estadía entre Expiación y Milenio negro, la mirada de la chica del subte que quería adivinar, el descubrimiento de que doblás las hojas para marcar por dónde vas, el tiempo perdido, el tiempo ganado, el tiempo que empatamos.
La escalera
Siempre supe que la escalera tenía trece escalones. Hasta que debí subir, y entonces tuvo dieciocho.
El agua
El agua resbala por la pared y cae en la escalera que debo bajar. Todo es blanco menos yo. A mi espalda queda un reguero de talco y madres que tratan de limpiarlo con trapos húmedos. Hay muchas cosas inútiles, pero el día que haga la lista empezaré diciendo que a mi tacho de basura le falta el fondo.
Rasgos
Lo distinguen de otros artistas, aunque tal vez no tanto como quisiera darnos a entender, la elegancia del trazo curvo, la acentuación de los pómulos, la soltura en la composición cromática, la calvicie prematura, el desenfado en la elección de temas, el saco raído, la innata capacidad de síntesis, los dientes amarillos, el uso novedoso del claroscuro, las rodillas huesudas, la aparente simbiosis entre forma y fondo, las orejas sucias.
Es carnaval
Es carnaval, de manera que la gente se pone pelucas anaranjadas para salir a arrastrar los pies por la calle, carga pitos y matracas para ir a discutir con los parientes y pelearse con los hijos, ensaya una sonrisa en el espejo para mejorar la expresión de hartazgo cuando llega al trabajo.
Pasan autos
Pasa un auto gris, pasa un auto rojo, pasa un auto blanco, pasa otro auto rojo pero más oscuro que el segundo, pasa otro auto gris pero más claro que el primero, pasa una camioneta celeste, pasa un auto medio turquesa (el color de los azulejos del baño en la casa de mi infancia), pasa un taxi amarillo y negro, pasa otro auto gris pero más oscuro que los anteriores, pasa un auto bordó, pasa un auto verdoso (antiguo, de esos que tienen el techo revestido de algún plástico negro), pasa otro auto gris medio oscuro aunque ya no lo puedo comparar con los de antes, pasa un auto amarillento (el color que mi madre suele llamar “marfil”), pasa el auto violeta que suelo ver cuando vuelvo de llevar a mi hijo a la escuela, pasa otro auto de un rojo más puro y claro que los anteriores, pasa otro auto blanco, pasa un auto negro o tal vez gris muy oscuro, pasa un colectivo de varios colores entre los que domina el celeste, pasa un auto gris como tantos otros, pasa un auto azul recién salido del mar, pasa otro auto bordó, pasa otro auto bordó más, pasa un auto gris claro con un parche más oscuro en el guardabarros delantero izquierdo, pasa un auto verde, y en cada auto hay alguien que sigue de largo.
El avión
El avión sube, baja, da vueltas, echa humo, lo absorbe, despliega un paracaídas, lo suelta, mueve las alas, mueve la cola, acelera, frena, se sostiene en el aire sin manos, grita y se ríe como un chico, trepa más allá de la atmósfera, da una vuelta a la luna, se convierte en bala, en cigüeña, en pingüino volador, en barrilete, en mariposa, vuelve a ser avión y sale de la pantalla.
No se entiende
No se entiende por qué habla así. Es diferente de nosotros. Dice cosas raras. Molesta, realmente. Al final, hay que ponerle un marcapasos en la lengua.
El agitador
El agitador vive solo. No tiene perro. No tiene amigos. Se acuesta a las once de la noche y se levanta temprano. Mientras camina hacia el subte piensa en cosas que no le cuenta a nadie.
El agitador entra al trabajo unos minutos tarde, saluda con cortesía, se sienta. María S. no le devuelve la mirada. Alguien habla de un programa de televisión.
El agitador come un sandwich de milanesa, carne envuelta en dos capas de pan, con lechuga y tomate. Está flaco de tanto agitar, de tanto agitarse.
El agitador pasa horas enteras sin acordarse de contarlas, y después cae en la cuenta de que falta menos, falta mucho menos y todavía no se puso al día.
El agitador tiene que informar este sábado, y no sabe qué decir. Tampoco tiene ganas.
Tantas nubes
Había tantas nubes con forma de ballena, flor, conejo, dios nórdico, auto, mano, ratón, anillo, árbol, camisa, montaña, reloj, torre Eiffel, avión, muela, cisne, llave, submarino, que se fusionaban unas con otras hasta terminar formando una única superficie blanca.
El eco de la respuesta
El eco de la respuesta arruina el silencio subsiguiente. Nadie encuentra qué decir, mientras esos reflejos de reflejos de palabras vuelven a caer en los oídos. Es una técnica. Ganada la discusión, el último en hablar abandona el cuarto y se va a pisar el césped en otra parte.
La pelota de goma
Tengo una pelota de goma. Está adentro. Todos piensan que ahí encontrarán pulmones, corazón, estómago, tripas. Pero no, es una pelota de goma, grande, maciza, de esas que han pasado por muchos botines y tienen la misma deformación de una luna de Júpiter. A veces actúa como esponja, absorbiendo la materia que entra a mi organismo, y entonces se hincha, ocupa todo el espacio disponible y dos centímetros más a cada lado. A veces suelta todo en un chorro de aire enviciado que traza figuras de caleidoscopio ante los ojos de los demás. Pesa. La verdad es que pesa.
Uno cuenta un chiste
Uno cuenta un chiste. Dos se ríe. Pero el chiste tenía una alusión a cierto aspecto del pasado de dos, cosa que dos comprende unas horas más tarde, mientras viaja en el colectivo de regreso a su casa, aunque está convencido de que uno jamás pudo enterarse de aquello. Al día siguiente hay una extraña conversación telefónica, en la que dos explica a tres que nunca quiso decir lo que dijo entonces. Tres se queda pensando, sin entender, hasta que se encuentra con uno para tomar una cerveza y se olvida de todo. Uno le cuenta un chiste.
Hay cosas curvas y cosas rectas
Hay cosas curvas y cosas rectas. A veces, las cosas rectas sirven para hacer curvas, pero no a la inversa. Algunas cosas rectas son en realidad curvas, cuando se cambia la escala. Algunas cosas curvas jamás llegarán a ser rectas. No hay nada recto-curvo, ni curvo-recto, es imposible. Algunas cosas rectas lastiman. Algunas cosas curvas sobran. Hay cosas que lastiman y no son rectas, así como cosas que sobran y no son curvas. Hay cosas que lastiman que cambian de forma con el tiempo. Hay cosas que cambian de forma, y así no lastiman. Hay cosas que sobran pero no lastiman, y cosas que lastiman y sobran a la vez. Hay cosas que sólo lastiman a cosas rectas. Hay cosas curvas que sólo sobran cuando están juntas. Hay cosas que están juntas y lastiman. Hay cosas que sobran, son rectas y están separadas. Hay cosas que están juntas y nunca cambian de forma. Hay cosas separadas que lastiman por no ser curvas. Hay cosas que, siendo curvas, cambian de lastimadoras a sobrantes cuando tratan de convertirse en rectas. Hay cosas que sobran cuando lastiman. Hay cosas que pueden ser curvas o rectas, estar juntas o separadas, y lastiman cuando cambian de forma.
Yo
—Hola. Soy yo.
—Sí. Yo también soy yo.
—Pero yo soy más yo que vos.
—Eso es posible.
—Yo soy de verdad yo, mientras que vos no.
—Ah. No sabía. Entonces…
—Entonces vos tendrías que decir “yo hago como que soy yo”.
—Yo hago como que soy yo.
—Eso es. Aunque un poco todos hacemos como. Claro que yo no.
—Vos no. Vos sí que sos yo.
—Exacto.
Ahora cantemos todos juntos
Ahora cantemos todos juntos. “La la lá,/ qué lugar/ tan azul,/ tan carmín…” Percibimos la cadencia del árbol que hay en nosotros, la luz del bosque que nos ilumina. Estamos unidos en lo profundo de un arroyo de consciencia. Cantemos todos juntos. “Sé sé sé/que en el mar/ hay un pez/ sin ojós.” Así, amigos, así, querida concurrencia, nos elevamos en las nubes del dorado fulgor, del frenesí, de la ameba primordial que solloza en nuestras almas evaporadas cual cubos incólumes. Cantemos, cantemos, cantemos todos juntos. “Mi mi mi/ corazón/ es rubí/ y sabor.” Amada muchedumbre, amados todos los que contemplan el barro de los pies y la tinta de las manos, amados estómagos del ingenio insomne, amadas cebras tricolores que suavizan el sábado, brincamos por sobre las tapias del conocimiento segregado por las cortinas, nos columpiamos de Norte a Sur, de Este a Oeste en los brazos de la madre calefactora que se mimetiza en primaveras. Ahora, ahora como en nuestra infancia, ahora como en nuestro futuro que está escrito en palabras invisibles, cantemos juntos. “Po po pó,/ nubarrón/ de metal/ y algodón…”
Lo venden en latas
Lo venden en latas. No se puede creer. Tanta historia, tanto esfuerzo que llevó a las generaciones anteriores, tan simbólico de los usos y costumbres. Tan particular, tan idiosincrático. Tanto prestigio, tanta vergüenza. Tan preciso en cuanto a requerimientos y resultados. Tanto que se habló, tanto que se discutió. Tanta sangre derramada. Tan cálido en las manos, tan frío a distancia. Tanto que se exigió, tanto que se retaceó. Tan sólido a la manera en que eran sólidas las enciclopedias. Y ahora lo venden en latas.
Control remoto
Necesito otro control remoto. Uno con botones nuevos. Que me dé algo diferente en la vida.
Los muñecos de peluche
Los muñecos de peluche están amontonados en la caja, en cualquier posición, a oscuras, torcidos, codo con ojo, pata con cabeza, apretados, no vistos por nadie, no tocados, sin haber despertado el deseo de un solo abrazo. Aún no lo saben, pero tienen por delante un largo proceso de antropomorfización.
Tres cuadritos
La tira está en blanco y negro y tiene tres cuadritos. En el primero se ve un personaje, no está claro si hombre o mujer, que viste una túnica oscura. La cámara está en el piso y apunta hacia arriba, de manera que casi todo es túnica, y allá a lo lejos hay una cabeza recortada contra el cielo. Mira hacia abajo, con seriedad. Lleva un gorro cónico, también oscuro. El pelo se abre hacia los lados en varios tirabuzones que sobrepasan los hombros. En el cielo hay una variedad de nubes, rechonchas, con bordes rizados. Una de las nubes tiene patas, y parece una oveja.
En el segundo cuadrito la cámara se ha movido a la altura de los ojos del personaje, que sigue mirando al lector y de pronto sonríe. El personaje tiene los ojos estrechos y anchos. La túnica es más clara que en el primer cuadrito: ahora la cubre una trama apretada de líneas cortas, horizontales y verticales, que en algunos sectores se entrecruzan y en otros no. A espaldas del personaje, más bien lejos, asoma una ciudad de rascacielos, todos terminados en punta, con una forma que recuerda al gorro. En uno de los rascacielos las ventanas son redondas. En otro, triangulares. Por una de las muchas ventanas cuadradas que adornan los demás asoma alguien con los brazos extendidos. Apenas se lo ve, es casi una ilusión allá en el fondo, muy pequeño, y también podría ser un error del dibujante, un trazo descarriado, una falla en el papel. Pero de verdad parecen brazos extendidos, como los de alguien que pide auxilio, y está muy alto, en uno de los últimos pisos, y es posible que otro trazo, otra falla del papel que aparece a su lado sea una voluta de humo, el comienzo de un incendio.
En el tercer cuadrito la cámara ha seguido subiendo, y ahora muestra al personaje desde arriba. El personaje no deja de mirar al lector, mientras la sonrisa se ha convertido en una carcajada de dientes oscuros y desparejos. La túnica, ahora blanca, forma un círculo casi perfecto alrededor de la cabeza que ríe. El resto del cuadrito muestra el suelo cubierto de cráteres pequeños, redondos, de bordes quebrados. La tierra es negra, y los detalles están dibujados en blanco. En uno de los cráteres brilla algo, como si a través de un agujero estuviéramos viendo una luz subterránea. En otro hay un animal casi microscópico: el lector debe acercarse mucho al papel para descubrir que tiene muchas patas y parece asustado. Junto al animal se repite, ahora en negativo, la voluta de humo del cuadro anterior. Y ahora que uno está tan cerca del papel, tan atento a los detalles, puede ver que en cada cráter hay un ojo, y que en cada ojo habita un gusano, y que cada gusano tiene dos brazos largos que extiende hacia el lector como pidiendo algo, siempre pidiendo.
El lugar está lleno de gente
El lugar está lleno de gente. Todos de pie. Conversamos. De vez en cuando suena una risa por encima del murmullo. Dos camareras pasan con bandejas de canapés. Con cierta frecuencia alguien se desprende de un grupo y va a la deriva hasta que otro grupo lo absorbe. En ambos extremos del salón hay ventanas por las que nadie mira. La gente se divide entre quienes se meten la servilleta usada en el bolsillo y quienes la dejan en una de las mesas repartidas por el lugar. Junto a la puerta por donde entran y salen las camareras hay un ascensor, pero hace tiempo que no funciona. Algunos, los más antiguos, recordamos el sonido de la campanilla que anunciaba su llegada. Sin embargo, el ascensor ya no es tema de conversación. Ahora lo que nos preocupa es que un día dejen de llegar los canapés.
¿Qué hacemos?
¿Qué hacemos si en el momento de mayor suspenso, cuando el protagonista pende de una soga atada a un helicóptero sin piloto que vuela a gran velocidad hacia una montaña de roca pura, hay una alarma de incendio, se interrumpe la proyección y nos evacúan a todos, mientras mueren el director de la película y el autor del libro original, siniestros accidentes ocurren a técnicos, actores y hasta ejecutivos de la empresa productora, una repentina enfermedad neurológica cuyo principal resultado es la amnesia más profunda ataca a todos los que vieron la película antes que nosotros, y nunca más, pero nunca nunca llegamos a enterarnos de lo que pasa a continuación?
Un solo Shakespeare
Un solo Shakespeare con pluma, tinta y papel jamás igualará la producción de infinitos monos con infinitos procesadores de texto.
El bar cerrado
En el bar cerrado las sillas están sobre las mesas, los platos sobre las tazas, y el mozo practica yoga.
Cuarenta y seis palabras
Faltan cuarenta y seis palabras para el fin del mundo, y transcurren sin temor como si quien las pronuncia no supiera contarlas, o no conociera el desenlace, o pensara que en realidad nada va a ocurrir, que de todas maneras la existencia es ilusión, espejismo, palabrerío.
Camino
Se encuentran a mitad de camino y a partir de entonces siguen juntos, pero sin saber si están yendo o volviendo.
La empresa hará esfuerzos
La empresa hará esfuerzos para adecuarse a los nuevos requerimientos, pero los perros ladran cada vez más fuerte, allá en las jaulas del fondo, y no tenemos puertas que den al oeste. He de ser honesto, entonces: las utilidades crecerán el día en que cada escritorio tenga raíces firmes, en que las marcas de las paredes tracen patrones reconocibles, en que los huecos entre los listones de cada persiana dejen ver la salida del sol. Es verdad que hay signos promisorios. Nuestro servicio de atención al cliente ha encontrado el camino en una combinación creativa de música sacra y fotos de Marte. El departamento de ventas se encuentra inundado hasta las rodillas, mientras el sótano se expande hasta abarcar la mitad de la playa de estacionamiento. Investigación y Desarrollo tiene más niños que Recursos Humanos. Así es, señores. Nuestro modelo corporativo permite animales y plantas, pero no minerales. Nada de minerales, y esta es mi última palabra.
Teléfono
El teléfono suena siempre cuando estoy durmiendo. Entonces sueño que atiendo, sueño una conversación, sueño una despedida. Llevo una intensa vida social gracias a la tecnología.
Personaje
Para mi próxima novela estoy pensando en comprar un personaje verdadero. Ya empecé a ahorrar, pero no sé si llego. Están tan caros.
Conozco una agencia que entrega un primer personaje gratis, pero esos personajes nunca se arreglan solos: después hay que comprar otro, y otro más, y esa agencia termina siendo la más cara de todas.
También están los que alquilan personajes. Mientras uno pague el alquiler, el personaje se queda. El problema es cuando uno ya no puede pagar, o se olvida. Lo vi en novelas de otros: de pronto parece que se desinflan. Hacen puf, echan un polvito gris, y la novela no sirve más.
No, la cuestión es comprar un personaje de primera, uno solo, pero bien comprado. Y tratar de arreglarse así. Para el resto venden unos cartones pintados que no están mal, siempre que queden de fondo.
Borrador
Hay partes del cerebro, o tal vez de la personalidad de uno, que quedan para siempre en borrador.
Del lugar más alto
Del lugar más alto cae una hebra de lana blanca. No hay viento, así que se mueve en una línea recta que apunta directamente a tu pelo. A último momento se oye algún ruido, detrás de nosotros, que te hace dar vuelta. La hebra, ya lejos de vos, sigue hacia el suelo y se pierde la única oportunidad de trascender.
Lo que no sabe
Lo que no sabe la persona que llama por teléfono, sólo por esta vez, sólo en este preciso momento, y esto no volverá a ocurrir, lo prometo, es que no soy una máquina.
Acomodando
Hay que pasarse el tiempo acomodando todo. Esto arriba, lo otro a la derecha, una cosa al norte, otra cosa abajo, otra a la izquierda, otra al oeste, que en diagonal, que en curva, que recto, torcido, junto, separado, allá, acá, adelante. Todo hay que acomodar, y no sólo una vez sino muchas, todo el tiempo, hora tras día tras semana tras mes. Y si algo queda acomodado, entonces viene alguien y lo empuja, lo patea, lo ignora, le dice cosas, lo cambia de lugar queriendo o sin querer, y a empezar de nuevo. Y es inútil, lo peor es que uno sabe que es inútil. Y terminan llamando a esto entropía.
Son cinco
Son cinco, de los que el mejor está en segundo lugar. El primero es más pesado que el cuarto, que a su vez tiene menos cola que el tercero. El último nunca está solo, cosa que no se puede decir del segundo. Hay dos rojos, dos con ranuras, uno triste, tres a los que les falta agua, uno encendido, dos con algo metálico. El más desparejo está detrás del menos sabio. El menos gordo está delante del más duro. Uno de ellos tiene muchas ganas de irse para no volver.